jueves, 13 de mayo de 2010

Dos visiones, un cambio


¿De dónde se viene? Todo tiene un nacimiento, un punto de partida hacia algún lugar, a veces inesperado, y otras tantas buscado. En muchos casos el camino sufre desvíos o va directo hacia otro punto. Pero siempre, tanto el origen como el desarrollo sufren ambigüedades, tiran para un lado o para el otro, en fin tienen visiones diferentes. Dos caras de una misma moneda.
No necesariamente tener dos caras denota algo malo, si no que también muestra otro mundo, un abanico de posibilidades desencontradas a lo que cada uno piense, dos visiones en torno a un mismo tema.
Es el caso de la movilización que sacudió a un pueblo entero y que esbozó diferentes visiones de un mismo problema.
Es el caso de la protesta del 17 de octubre de 1945, con sus antecedentes, su desarrollo y un desenlace fortuito para algunos, descabellado para otros. Un movimiento causado por el arresto de Perón y para su directa liberación. Un movimiento en manos de los propios trabajadores que veían en la figura de Perón una esperanza de ascenso social, de una mejora laboral. Un movimiento que le dio origen al peronismo y un posterior reconocimiento al pueblo.
Una movilización con dos visiones: peronistas vs aristócratas, clima festivo y pacífico vs desastres, rebeldías e incidentes. Mientras que, los peronistas defendían la imagen de Perón sin aceptar que en la protesta hubo algún tipo de violencia que empañara la autenticidad del valor peronista; la elite sostenía la existencia de incidentes en todo el conurbano y la ciudad de Buenos Aires, por parte de los trabajadores, a tal punto de ir contra toda propiedad aristócrata: Jockey Club, la prensa, universidades, estudiantes, es decir a todo ámbito educativo, que según los trabajadores veían como rasgo de la elite. Aunque curiosamente dentro de esa burbuja de instituciones aristócratas no entraban las fábricas, porque a pesar de ser ámbitos regidos por superiores, por jefes, eran a la vez el lugar que les daba de comer, era su lugar de trabajo.
Comercios cerrados, desaparición de los medios de transporte urbano y pesadas columnas de obreros, que agitaban retratos de Perón, era el escenario que se llevaba todas las miradas del país. Una atmósfera: digna de ser vivida, para algunos; digna de no ser recordada, para otros. Pero en fin, un movimiento que le sacudió las ideas a la mayoría, una escapatoria de la constante manipulación a los obreros para convertirse en algo más que esclavos.
A todo ese escenario descomunal se le sumaban los jóvenes, principales actores de la protesta, quienes luchaban por Perón y al canto (junto con los obreros) de “Alpargatas sí, libros no”, un lema que defendía al trabajo y menospreciaba a la educación. Una educación que, en la actualidad, pisa fuerte y es vista como la posibilidad para el ascenso social y económico.
Una movilización con dos visiones: los trabajadores sin educación e influyentes sobre los jóvenes que sí necesitaban de los libros para poder defenderse y no dejarse manipular por un sector o por otro, porque el trabajo alimenta la economía pero vacía las mentes; vs, los obreros, que a pesar de la falta de formación tuvieron la capacidad de ordenarse para llevar a cabo una manifestación por la lucha de su líder, aunque algunos sostengan que se dio en un medio de violencia, mientras que los peronistas sigan con la convicción de un clima festivo y apasionante.




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